
Muy Familiar para una pena de amor
En las entrañas del barrio El golf, en una ambiente completamente diferente al de la semana, Andrea Riveros lloraba en un banco de Gertrudis Echeñique con Magdalena . Era un domingo de invierno, pero parecía plena primavera. Había bajado corriendo las escaleras del edificio de su ahora ex “amigo”. Porque nunca tuvieron un título, sólo una extraña atracción y cariño mutuo.
Entre lágrimas y cansancio, llegó abajo sin poder entender lo que había pasado. Se sentó y lloró más. No entendía nada.
“Necesitaba sentarme sola a pesar un rato, tratar de digerir lo que había pasado”, dice mirando el suelo. Porque le habían dicho que ya no era lo mismo. Que él, después de ir a una fiesta, había quedado loco por otra mujer. El tiempo que habían invertido juntos rápidamente se hacia nada.
Mientras todo esto pasaba por su cabeza, un río de lágrimas se apoderaba de su rostro. Miró al frente, y vio que una familia se acercaba. Secó su cara, se puso de pie y caminó con disimulo. No se podía permitir que la vieran así.
Mientras caminaba sola por Isidora Goyenechea, Andrea se vio rodeada por los desolados restoranes que suelen estar abiertos durante la semana, y que ese día estaban abandonados, esperando por su apertura del Lunes. Caminando sin rumbo, llegó a una plaza. Vio un cerro, el San Luis y decidió que ese sería su lugar para llorar su pena de amor. Atravesó la plaza, llena de niños que jugaban mientras sus papás los miraban a lo lejos. Y sintió las miradas encima, quizás de desprecio o preocupación por los sollozos que se oían, lo que le generó más pena.
Cuando por fin dejó de sentir esas miradas, ya estaba llegando al cerro. Miró hacia arriba y enseguida supo que ese llanto que quería desatar en la cima, tendría que ser acallado nuevamente. Una pareja fotografiándose se puso en su camino y más adelante, unos ancianos caminaban de la mano. No quería ver parejas, sólo quería llorar, y recordar los momentos junto a su “algo”, y tratar de entender la traición. Porque el amor no se olvida de un día a otro, porque las palabras dichas y promesas hechas permanecían en ella, más no en él. Andrea se había proyectado. “Yo sabía que no teníamos nada concreto, pero me gustaba y creía que podíamos estar juntos”.
Sin saber que hacer o a donde ir, se detuvo. Estaba en Apoquindo con Las Torcazas y mientras salía de la burbuja del barrio El golf que la envolvía, sintió más que durante todo el recorrido, el peso de la realidad. Se sentía mal y con rabia. Se dirigió hasta la estación de metro más próxima, Alcantara. Afuera, unos scouts se sacaban fotos, mientras observaban su rostro rojo por el llanto. Estaba abatida. Miró el suelo y bajó las escaleras, quizás ahí encontraba un poco de espacio para pensar. Pero no. Desde principio a fin El Golf no es un barrio para pasar una pena de amor.

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